Mirando alrededor, una mirada que tropieza con una miríada de cosas. Abarrotadas.
Asumiendo un contexto inevitable del consumo, el hecho de comprar conlleva una endorfínica relajación de la tensión emocional. Un escape, que acaba atiborrando los armarios y estanterías, lo que acaba llevando a comprar pisos más espaciosos donde continuar acumulando.
Las cosas como contraposición al espacio. Llenar el espacio vacío de objetos, horror vacui a todas las escalas. También es contaminación visual, a la que somos sensibles en distinto grado pero en innegable envenenamiento. Un aluvión inmanejable de objetos, cada uno con un significado asociado, que aun perdido en algunos, mantiene la potencia de ser redescubierto o reinventado. Pero aquellos objetos que ni se usan, ni están tampoco salpicados de un intenso apego emocional, ¿por qué siguen estando ahí si su presencia no tiene sentido? ¿qué es lo que impide llevarlos a otro lugar?
Mi deseo ante esto no era apaciguar el ansia de respuestas fenomenológicas, sino algo mucho más asequible: Facilitar una mirada limpia, en la que tuviera más control sobre lo que me rodea, sabiendo porqué ocupan el lugar que ocupan los objetos cotidianos que manejo.
Así surgen distintas iniciativas y proyectos, hilvanadas con esta idea: El trueque y la producción de experiencias intangibles. Los regalos anónimos a recipientes desconocidos. La intención es clara: Contrarrestar en cierto sentido todo el gran atiborre humano.
por Lux Pájara.
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